Bajo el sol
A pesar de que su apariencia a primera vista era la de un hombre de sesenta años, por su barba larga, rojiza y descuidada, las arrugas en el rostro como grabadas por las garras del sol, quizás una mirada más detallada se percataría de que solo tenía algo más de cuarenta.
Su postura firme para tomar los remos de la barca, las líneas de los brazos, y la forma como sus piernas ayudaban al tronco en la tarea diaria de remar y remar, transportando pasajeros, desde el antiguo muelle hasta "Isla Garzón".
Pese a que la isla era visitada de vez en cuando por algunos temporadistas, la mayoría de los pasajeros que tenía Juan Marcano que transportar era gente relacionada con la fábrica de camarones, empleados, gerentes, inversionistas. Pero esa mañana estaba parada en la punta del muelle, una bella mujer, joven y de delicada figura, vestida vaporosamente de blanco, y con un paraguas tan lindo, que recordaba esas figuras que adornaban las cajas de finas galletitas de chocolate.

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Pero él fue acercándose lo más que pudo al muelle, cuidando de no chocar con las bases; y ella, sin decir palabra, pero dejando en claro con su gestualidad que se lanzaría, se dejó caer en los brazos de Juan Marcano, como si eso fuera cosa de todos los días.
"Isla Garzón" era la más grande de las islas de un archipiélago, y la única habitada, por veinte familias de pescadores que siempre habían vivido allí, en enramadas y casas de barro; y los trabajadores de la camaronera, que tenían casa modernas de madera, construidas especialmente para ellos.
Las familias del lugar y los empleados de la camaronera vivían en armonía, quienes en su mayoría eran biólogos e ingenieros, que normalmente estaban allí por un año, y luego eran reemplazados por otro personal.
De ese modo, la familia de Juan Marcano conoció a los Irazú, una pareja de biólogos y su hija, que estuvieron trabajando en la empresa, pero que a diferencia de los otros empleados, ellos estuvieron unos tres años.
Elena, que se así se llamaba la hija de los Irazú, tenía unos trece años al igual que Juan, y se hicieron amigos casi desde el primer día en que ella llegó a "Isla Garzón", él la enseñó a nadar, a pescar con nylon y anzuelo, a conocer los nombres de los peces, y ella le contaba historias de ciudades enormes, de un milagro llamado cine, que era su gran pasión, y le contaba películas de amor y aventuras, que Juan escuchaba y vivía como si él la hubiese visto.
Y así, a escondidas, sin que nadie lo supiera, surgió el amor entre ellos, entre caracolas y peces, películas y cuerpos que se abrazaban a la arena, las olas, la luna y el sol.
Ya desde es época, cuando era solo un adolescente, Juan trabajaba en la barca, nunca olvidó el día en que tuvo que llevar a Elena y sus padres al muelle, ambos llorando a escondidas, seguros de que no se verían nunca más, los padres de ella contentos porque regresarían a su tierra, la isla viendo cómo partía una familia más y observando cómo llegaba otra en su reemplazo; Juan sintiendo que su vida se acababa, que sin Elena, ya "Isla Garzón" sería como una prisión a mar abierto, donde la rutina de llevar y traer pasajeros lo iría matando poco a poco.
Cuando Juan Marcano la tomó por la cintura para que la mujer cayera suavemente dentro de la barca, sintió el olor de su perfume, sintió que su cintura era tan delgada que no cabía en sus manos, y no fue hasta que vio sus ojos que logró reconocerla:
—Disculpe, señor —dijo ella con su acento extranjero —¿no conoce usted a Juan Marcano? Seguramente debe conocerlo, él hace mucho tiempo hacía este mismo trabajo que usted hace ahora.
Juan la miró a los ojos fijamente, buscando que ella lo reconociera en su mirada, pero ella siguió hablando sin reconocerlo:
—Él es alto y delgado, de pelo largo y rojizo.
Juan se la quedó mirando en silencio y luego, sin pensarlo, como por instinto le dijo:
—Sí, claro que sé quién es, aquí todo el mundo se conoce —dijo Juan remando con fuerza —él se fue de aquí luego de que murieron sus padres, trabajó un tiempo más, pero luego se fue y no volvió al pueblo.
—Pero ¿no sabe usted a dónde se fue, podría ayudarme a encontrarlo?
—No —dijo Juan sin mirarla, como hablando para el mismo —se fue un día sin decir nada a nadie. Se fue convirtiendo en un hombre muy callado, solo le gustaba hablar de unas películas que nunca vio, sino que alguien le había contado, y pasar largas horas en el muelle, como si estuviera esperando a alguien.
Elena lloró en silencio y luego dijo:
—Señor, por favor, regréseme al muelle, ya no iré a "Isla Garzón". Pero quiero que me haga un favor, si algún vez regresa Juan Marcano, dígale que aquí estuvo Elena, y que él vivirá para siempre en su recuerdo, y que gracias al mundo del cine nuestra historia de amor no quedará en olvido.
Juan la dejó en el muelle; la vio partir llorando, y él, como en una de esas películas que ella le contaba, se quedó amarrado a sus remos, remando, remando, bajo el sol.
Gracias por su lectura
Me gustaría invitar a @adeljose, @inspiracion y @mariami a unirse al concurso de @solperez.
Hermosa historia querido @acostacazorla, me sentí muy triste al comprender que eso puede suceder y que hay enamorados se idealizan de esta manera.
Juan debió darle un empujón para que entrara al mundo real y entonces a ver que pasa…
La ilusión es bonita pero la realidad se palpa y se vive de verdad.
Sigue escribiendo 👍🏻
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Es verdad, Eva. Quizás, Juan prefirió seguir siendo recordado por Elena como el muchacho que la escuchaba y la animaba a hacer cine; y no como el barquero "desaliñado" que ahora era. Gracias por tu comentario.
Upvoted! Thank you for supporting witness @jswit.
Gracias por publicar en la comunidad #Venezolanossteem
Este es un texto conmovedoramente bello. Me encantó leerte. Un abrazo.
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Gracias por tu verificación, @solperez. Ya sabes que no dispongo de mucho tiempo para responder. Pero lo que has dicho es cierto: Los primeros amores nunca se olvidan.